La guerra de los siglos

A pesar de que hoy nuestros celulares son más inteligentes que la computadora que llevó al primer humano a la luna, sentimos cada vez una desconexión más fuerte con nuestros gobernantes. Panamá cuenta con uno de los índices más altos de conectividad en la región — más del 70% de la población conectada al internet -sorprende que hoy sea más fácil comunicarme con mi amiga en Indonesia que con mi representante o diputado.

La realidad es que existe una desconexión entre los ciudadanos del siglo XXI, quienes esperamos un gobierno que responda a la velocidad y efectividad de nuestras aplicaciones móviles, y un Estado que intenta gobernarnos con prácticas y procesos de toma de decisión basados en información y tecnologías del siglo XX.

Por supuesto que no todo está tan empolvado. Sin embargo, suficientes síntomas de esta enfermedad crónica son los procesos de recopilación y visualización de la data pública, la falta de espacios digitales formales para representarnos en la toma de decisiones, las metodologías de transferencias internas, la falta de prácticas sostenibles, entre tantos otros. Como todo mal hábito, la carga tecnológica solo se engrandece a medida que pasa el tiempo y las tecnologías que utilizamos todos los días se vuelven más y más inteligentes.

Walter Mclaughlin una vez dijo que: “la política es resolver los problemas de hoy con las herramientas de ayer”; pero el legado tecnológico, acompañado de procesos inefectivos, cada vez ahorcan más la economía y a la sociedad, particularmente a los emprendedores.

A nuestro sistema democrático, que nació utilizando la tecnología de la imprenta, le falta la actualización para la era del internet. El internet es la gran herramienta democratizadora de nuestro siglo, en el que la persona en el pueblo más remoto puede tener acceso a la misma información que el ciudadano que reside en el centro de la ciudad con exactamente el mismo costo de enviar y recibir un mensaje.

Las herramientas y las tecnologías existen. Estonia, por ejemplo, logró, a punta de la digitalización y automatización, disminuir en su mayoría los altos niveles de corrupción que dejó el legado soviético. Hoy en día, este pequeño país báltico es el más digitalizado del mundo, rompiendo barreras e índices que desafían su complicada historia.

Asimismo, Suiza, Singapur, Rusia, China, Emiratos Árabes Unidos, entre otros, han creado programas utilizando el blockchain como método de transferencias de documentos por su transparencia y seguridad. Y si nos vamos un poco más allá, el surgimiento de partidos políticos basados en plataformas de participación digital ciudadana en Alemania, Suecia, Argentina, España, Islandia, dejan mucho de qué pensar sobre la reinvención del sistema representativo.

En las próximas elecciones, votemos por quienes buscan adaptar nuestro sistema político a la realidad tecnológica. Un Panamá sin corrupción es donde no hay espacio en el proceso para robar, porque cada evento está rastreado, y probablemente también automatizado, efectuado de manera transparente para la fiscalización de toda la ciudadanía. Un Panamá con infraestructura y políticas duraderas es un Panamá donde las decisiones son basadas en data y donde esa data es publicada de manera accesible para quien quiera innovar con ella.

En un Panamá donde existen más celulares que personas, no hay razón por la cual no podamos estar más representados en la toma de decisiones y donde utilicemos esa señal para hacer ruido que tenga impacto cuando las cosas no nos gustan.

Lo único que es cierto es que si seguimos haciendo las cosas de la misma manera, vamos a seguir obteniendo los mismos resultados. El resto, depende de nosotros.

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Este artículo fue publicado en el Periódico La Prensa.

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Juliette Chevalier

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